RÁFAGA DIURNA

"Uno está enamorado cuando se da cuenta de que otra persona es única".

Jorge Luis Borges (1899-1986) Escritor argentino.

miércoles, 22 de junio de 2011

CELOS DEL AIRE


"Las mujeres feas son celosas de sus maridos. Las bonitas no tiene tiempo, ¡están siempre tan ocupadas en estar celosas de los maridos de los demás...!".

Oscar Wilde (1854-1900) Dramaturgo y novelista irlandés.

El tiempo pasa mientras miras a otro lado. Se muda de mi ser como si aquello no fuera a importarme, como esta ambición de sospecharte y conservar lo embolsado en el trayecto caminado.

El tiempo pasa y sólo quedan estas ganas de ganarte, esta sed que nunca grito, mi verdad en duermevela. Y me hacen sabio el proceder, los días en que no te acuno, pero las noches... Las noches que no estás conmigo me siento deforme amor y se hace tan desbordante tu belleza que en silencio se disculpa por irradiar tanta luz ¿Sabes? Cuando hacemos el amor me vengo de todas las cosas que me han derrotado en esta vida, porque nace el yo juicioso y se le olvida la prudencia, esa vigilancia constante a que tu boca obliga...

Brotas y te vuelves el único punto de contacto con el hombre seguro que un día fui, porque sólo me faltas a todas horas para ser infalible, apenas te necesito en todas partes y ya soy convincente para conmigo mismo, inexpugnable ante la vida. Es que las flores tienen largas primaveras si me besas, es la suerte, que se suicida si te alejas... Porque lejos no me vales niña, porque allá soy sólo acecho. Y te me prendas de este miedo, me entregas una razón que disfrazo de excusa y te me vas en los pretextos que le proyecto a esta lealtad tan mía, tan poco nuestra.

No son celos amor, es que te adivino la evasiva sin saberlo, vaticino la emboscada y se me asfixia el aire, aunque nunca pase nada, pero no puedo evitarlo, me estalla dentro tanta sensatez. Eres tan bonita que no sabré perderte el día que me olvides, por eso te quiero, por eso te temo. La confianza es otra fe, eso que gustan de promulgar los mortales. Nosotros somos algo más que certidumbre, que franqueza ante los ojos. Tú eres yo, mi yo más cierto, por eso te exijo entera, a sabiendas de la locura, de lo injusto de adorarte.

No son celos amor, es que nada te promete mía por siempre y la tranquilidad se hace pedazos, porque quizá te roce el viento y hagas tuya su caricia, o muera en esta presunción de sentirme algo querido en tu universo... No son celos amor, sólo preservo tu aliento de cualquiera con el vigor que otorga tener el ánimo en la cuerda floja. No es más que ser cordial por no llevarte amarrada a mi pecho, prorrogar el incendio hasta que vuelves a abrir la puerta...

No son celos amor, no... Es la estima en estampida lo incierto de saberse vivo.

jueves, 16 de junio de 2011

MORDER LA BELLEZA


"A veces sentimos que lo que hacemos es tan solo una gota en el mar, pero el mar sería menos si le faltara una gota".

Madre Teresa de Calcuta (1910-1997) Misionera yugoslava nacionalizada india.



Por si acaso amarré las tardes a aguardarte la entrega, un instante al día en que grabarle lo imperdible a la memoria... A este mañana que al fin es hoy.

Al menos las puestas de sol de antaño, de carbón y techo violeta en la panza del mar... Las guardo desde entonces sí, porque querer revivirlas... hallarlas en estas de hoy es querer obviar que las pupilas se endurecen; que aunque nos duela amor, ya no nos cabe todo el cielo en el pecho.

Pasito a paso, augurando tu figura, con la cautela de quien sabe imperdonable la ceguera ante lo bello engarcé tu danza a mis días; porque siempre supe que algún día llegarías a mi, que serías tú... Tú, entre todas las mujeres. Pero lo harías como mi sombra a tu pecho, con la infancia ya empolvada, con la titánica juventud menguando resabida y eso... eso querida, si voy a amarte tanto... se me antoja imperdonable. Suerte que hice acopio de salitre esa mañana para mostrártelo ahora, como si el tiempo nos hubiera abandonado por siempre jamás, apenas en un beso que sembrarte en la mejilla como antaño, con esa libertad ancha que nos revolcaba mariposas en el ombligo.

Para que yo te ame toda una vida necesitas pisar mi barrio de calles prietas, paladearle la belleza a sus canastos de esparto y sobre todo, olerla mojada, entre tiza y lejía, siempre calle abajo... Para quererte más que a nada en este mundo necesito que absorta te duermas contemplando el vigor de una soga de pozo, el clavijero soñador de mi primera guitarra... El universo durmiente en zapatitos de charol. Y te he guardado un chaparrón implacable en la playa calma, ese aguacero de nieve que nunca tuve para que arrecidos le tallemos corazón a un pobre pino, podrido de crecer. Pero tienes que hacerlo desde dentro, oyendo cómo salvaje te cabalga el grito del tiempo, sino será como haber vivido al filo, no más que riesgo.

Necesito que te sientes en mi acera y palpes las cenizas, esos restos de mi que nadie busca, que nadie nunca echará de menos. Piérdete en cien olas, desnúdate de años y comprenderás que un día la respiración del mar le arrancó tu nombre a esta arena, lamiéndole poco a poco el presagio a mis manos. Adviérteme el sufrir, el querer azorado entre baratijas de poemas, apenas un ápice de este padecer indolente de patio, de gorriones enjaulados porque estoy ahí, donde nadie me recuerda y tienes que llorarlo para rescatarnos; tienes que morderlo para vernos las almas, sino... Sino sólo habrá amor y eso... eso sería tan poco.

jueves, 9 de junio de 2011

AL OTRO LADO DEL VIENTO


"Lo que hace que la mayoría de las mujeres sean tan poco sensibles a la amistad es que la encuentran insípida luego de haber probado el gusto del amor".

Francoise de la Rochefoucauld (1613-1680) Escritor francés.

Aunque tú no lo sepas, quizá realmente estuviera tan loco como para lanzarme por el balcón cualquier noche tierna, en mitad de tu rutina… o quizá me bastara con saberte ahí, al acecho, como antaño, en plena magia ahora que todo al fin ya es nada. El problema es que lo sabes, que siempre lo supiste cuando nunca sabías nada; que siempre lo sabrás, porque… porque a veces vas y escapas, pero siempre te aparezco.

Quizá sea tan ancho el universo, sí… pero olvidas cuando nos cabía inmenso en el ínfimo espacio que separa las gotas de lluvia, el mismo en que encajaron tu sonrisa y mi boca una tarde cualquiera, como ésta en que te saco a borbotones de dentro, obligado a ausentarme de mi para dejarte ser; para perderte aquí como si nada, a vuelo raso entre las golondrinas que se nos pudren en el parque.

Aunque tú no lo sepas ya marché despacio, tras tu huida, la madrugada que entendiste que para ti y para mí se había creado el amor, para nadie más, aunque lo calles o lo compartas para siempre en otro pecho, aunque ahora Abril se nos mude hacia el otoño. Justo cuando empezamos a correr hacia ninguna parte, entre amor y melodía… Ahí te esperaré siempre, como antaño nos pensamos.

Y quizá ya en otros brazos el doler no duela tanto, o quizá aún dolernos sea el modo de tenernos, aunque sólo en el olvido ¿Para qué entonces las olas, amor? ¿Para qué estas manos? Yo… Yo he paseado por la cárcel de tu boca sin que me viera el amor, a oscuras y sólo necesitaba creer que alguna mañana formaría parte de tu luz… Pero ahora ya no le adivinas las dudas a las gaviotas no, ya nada se nos hace impertinente, auténtico, vivaz… Descartaste el secuestro, ya no quieres intercambiar corazones conmigo, soy al fin tan… tan incapaz como quieras.

Quédate todo niña, pero llévalo lejos, allá donde fuimos y jamás seremos. Llévate nuestra cabaña de cañas, porque cimbrea tanto al otro lado del viento ahora que nadie la espera… A dentelladas de aire fue tuya y a veces de nadie, como ese horizonte nuestro que hoy se nos ha echado a llorar, como el mejor de los males. Llévate mi voltereta, mi escondite tras la puerta, este querer requisarte a diario los besos amontonados… No es dejar tu orilla sola, es adivinar el existir de un dónde, en algún lugar, contigo… Ese en que enterrarnos el apego, la fascinación de vernos en la nada, como antes…. Tiene que existir para esperarte, para aguardarte cien vidas otro beso ¿Cómo iba yo a morirme sino?

Aunque tú no lo sepas maldigo este latido ancho capaz de amarte a mares, de arrasarme de raíz en lo dilatado del tiempo que se nos perdió, al rescate de momentos aguardados a la espera de nada… De todo el porvenir ansiado

¿Imaginas que al fin eras tú en cada boca? ¿Y si al final… fuera yo? Yo te puse a los pies la luna en un charquito, pero tú… Tú olvidaste soñarle el último pétalo a la margarita.


sábado, 4 de junio de 2011

PARA NO OLVIDAR


"El primer beso no se da con la boca, sino con la mirada".


Tristan Bernard (1866-1947) Novelista y periodista francés.



Ella se sentaba aquí, justo a la derecha de este banco. Repartía como cada mañana su docena de migas a las palomas con aire grácil, como sólo su corta vida sabía entregar, de par en par ante la vida que ensanchaba mis adentros.

Lo hacía y yo residía en ella, desde mi balcón cercano, contemplándola domarle el tiempo a las horas, de espaldas a un universo que pasaba vertiginoso frente a ella, impasible ante el roce de su aire, de ese bendito existir suyo que le arropaba los días al mundo a cambio de nada, sin que nadie más que yo lo supiera. Se hallaba en mi con un lazo de viento, abanicándome sin querer el suceder de días, y yo la quería. La quería tanto como para enfermar de apego, de corazón travieso enredado en el pecho.

Desde cien lunas lejanas y mil más que cercanas nos tuvieran, jamás supo de mi halago, de mi devoción amada en aire, en hechizos de miradas perdidas con regusto a primavera. La tuve en mi aquí, en la piel de este banco podrido de horas, desde el confín de los mares que separaban aquellos centímetros en que nunca fuimos, aquellos en que éramos. La tuve esbelta en mis canciones, adivinándole el pender a mi vida tras aquella sonrisa única, vertical a mi horizonte.

Y una tarde de Abril cambió de parque. Cambió y palpé el desastre al saberme anegado de ella, tanto como para ahondarme en su huella hasta seguirla en zozobra, en mi hundimiento de ser hasta el fin de los caminos. Seguí sus pasos y me instalé en otros valles, junto a su íntima forma de prescindirme, siempre de lejos bajo la atenta mirada de nadie.

Era tanta la grandeza de quererla como nadie había querido, de alimentarme de ese espacio en que me obviaba el cariño; tan inconmensurable el placer de adorarla en la voz del silencio... que nunca llegué a hablarle.