"Siempre hay un momento en la infancia en el que se abre una puerta y deja entrar al futuro."
Graham Greene (1904-1991) Novelista británico.
Los primeros besos limpiaron mi calle Espronceda de gomitas de Petisme allá por los noventa. Macetas en el alféizar y sacos de arena explotando en la lúgubre azotea de mi vecina. Vi deambular pausados los minutos desde la perspectiva que me daba el zócalo bajo de mi casapuerta repleto de indios de colores al acecho de una caravana de Playmobils. Jugué tanto, tanto... Sobre alfombras, sobre mesas de bar, sobre arena, sobre escalones sin limpiar... Amé a mis He-mans y mis Gi-Joes como sólo un corazón limpio puede llegar a amar. La sagrada religión de los coches que compramos por cientos "ancá Kacún" para poblar de carreteras la azotea del Zájara, a ratos con el tapete del Pro Action Fútbol, a ratos con Hero-Quest y Cruzada Estelar. A ratos con castillos, barcos piratas, helicópteros, fuertes y zoológicos de los Clics; a ratos con cartitas de fútbol y porterías de cartón con redes de cebolla, pero siempre allí, en las impolutas losas de aquella azotea en compañía del girar de la lavadora y el olor impreso a ropa limpia que embriagaba nuestro conileño barrio.
Los primeros besos exiliaron al molino viejo a los cuerpos que hasta entonces moraban, como en pisos de realojo, zagales con los dientes picados y monedas de cinco duros. Allí, bajo lluvia y levantera, desde "ancá Cati" hasta el garaje del Rubio, continuan danzando entre la chatarra del coche desguazado nuestras naves espaciales pintadas a tiza y dirigidas desde el tubo Black Trinitron del televisor que despiezamos en busca del imán mas poderoso de la tierra. Allí seguirán por los siglos de los siglos nuestras tiendas con mis dibujos a Plastidecor de Goku, Óliver y Benji; de conchitas pintadas y sobres sorpresas de a duro, nuestras cruces de mayo, los bocatas de chorizo picado, el afilaó, los insectos que cazamos con formol y un cazamariposas desvencijado. Se quedan allí la bañera amarilla de mi padre, el pimplato y la comba con la que un día no nos sentimos mariquitas, Hotel y los cromos de Panini. Se quedan para siempre nuestro Club Megamix (que no Megatrix), Trafalgar 33, el ladrillo en el Talbot del demonio, nuestras camisetas heavys, la apendicitis el día de Lola Flores, los teatros nocturnos, nuestras mil y una noches jugando a la botella, Jaimito's boys... Tanto cabe en una calle.
Los primeros besos asesinaron mis vinilos de Duncan Dhu y tapiaron nuestras chozas bajo tierra. Me arrancaron de cuajo las ganas de coleccionar los "Toi" de Bollycao y los troquelados de los Power Rangers. Ellos fueron los que te robaron el balón amarillo y rojo de los Phoskitos, los que nos metieron la vergüenza en vena mientras jugábamos a ser Tortugas Ninja en los montones de arena; los que llenaron de adosados nuestro campo de Bicicross, nuestro campo de fútbol, nuestro campo de beisbol... Aquellos besos incineraron los libros de autoaventuras en la calle de Agustín y Pepe, mandaron al olvido a la moto azul de Robustiano el abuelo de Coral y nos despojaron de nuestro bien mas puro, la inocencia. Con ellos crecieron de golpe Mari Carmen, Antoñita, Lucía, Paqui, Juana Mari, Antoñito, Kiko, Fran, Mari Loli, Anita, Coral, Agustín, Pepe, el Rubio, el Rizo... Y a nosotros dos, amigo mío, también se nos fue de la mano el conejo de la suerte.
(Del Vivas con cariño pal Zájara)





















