RÁFAGA DIURNA

"Uno está enamorado cuando se da cuenta de que otra persona es única".

Jorge Luis Borges (1899-1986) Escritor argentino.

jueves, 13 de agosto de 2009

24 HORAS

Qué rápido fue todo. Apenas cayó el desplome de este cuerpo en mi cama, un sentimiento de vértigo afloró entre los recodos de mi mente. Un día, un solo día, la semana menos seis en los ecos del minutero; qué largos unos segundos, cuan veloces las horas, a ratos densas, a ratos relampagueantes... Tan frívolo el tiempo, implacable ante cualquier sentimiento posible...

En un solo día fui lo que fui. Tendí la ropa mojada al sol y me duché un par de veces ante tan sofocante clima. Volví a reciclar por separado en cubo y papelera, prometí de nuevo afeitarme al espejo y rellené de colutorio el paladar. Salí a la calle, limpié mi cara con aire en la bici y visité de modo fugaz a mi abuela. Recogí los platos, canté unas coplillas de El Barrio mientras cocinaba pasta. Sentí el paso de la vida en mis talones y el vuelo rasante de los gorriones en el balcón. Bajé a la calle, corrí veloz y ya en el sofá me embarqué en una nueva ensoñación. Revisé fotos, cartas de otros tiempos; notas olvidadas de un futuro para dos. Añoré sus manos y la practicidad de lo seguro, su mesura a todas horas, el calor de su pecho y los labios que más me quisieron. Trepó el Sol a lo mas alto y deslumbró mi sollozo.

En un sólo día fui lo que soy. De vuelta al local, a la fábrica de sueños, calmé el latido con las bromas más dementes, me dejé arropar por el compás, mecido en mi guitarra y hasta tuve tiempo de reparar en el lento paso de una nube, en el sudor de los ferrallas, en la disparidad de vidas que desbordan el planeta. Me agradecí a mi mismo haberme tenido en el recuerdo presente y hasta fumé un cigarro a la salud de mis indecisiones. Volví a las pedaladas, me perdí en la mirada triste de un perro en la cuneta y de vuelta a casa casi me enamoro de una cara guapa, de un pestañeo que me abanicó las trabas, de los aires de una primicia olvidada entre el ansia y el deseo. Era rubia o morena, creo que alta. Da igual, ella nunca lo sabrá y tuve en mi mano evitarlo.

En solo un día fui lo que seré. En la oscura noche tuve tiempo una vez más de creerme fuerte. De dominar por completo el destino y esperar sólo lo bueno del mismo. Tuve tiempo de gritarle a la almohada que me dejase dormir, de perderme en el techo con memorias de antaño. Tuve incluso tiempo de meditar con mi otro yo qué es lo que realmente quiero, más ni yo mismo una vez más supe qué decirle. Él no se enamoró nunca y ese fue su infierno. Yo sí, y esa mi condena. Es la eterna levedad de la vida y su maldita contrariedad la que en el fondo nos hace sentirnos vivos. Trataré de buscar respuestas en los sueños, quizá dormido venga la certeza a visitarme.

Buscamos la felicidad, pero sin saber dónde, como los borrachos buscan su casa, sabiendo que tienen una.

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