
Odio que el calendario me dicte cuándo deba disfrutar el tiempo del amor y la felicidad entre humanos, odio que me lo diga la televisión con padres que se besan y niños que devoran turrones, odio que me deseen felices fiestas los mismos que el resto del año me vuelven la cara. Odio sus correos con vomitivos deseos de paz entre los hombres, mucho más aún aquellos que tratando de ser originales, logran rizar el rizo de lo patéticamente insostenible con chistes de barrio que hacen carcajear a la plebe en torno a una mesa repleta de cigalas. Odio los trineos de un Papá Noel abotargado de Coca-cola que promulga regalitos con lazos impolutos días antes de que los reyes se cuelen por la ventana. Odio a las mentes frágiles que lavan sus manos donando calderilla al tele-maratón de turno para tapiar la triste realidad que esconden tras la cortina, odio que en primavera ese señor ya no se acuerde de África ni se preocupe por volver a hacerlo. Odio las multitudinarias ventas de juguetes que facturan en una semana el 75% de lo recabado en todo un año mientras un martes cualquiera los sueños de un niño se pudren en las jugueterías. Odio las ofertas masivas temporales de telefonía que tratan de maquillar con benevolencia hacia el cliente la millonaria planificación de su director de marketing.
Odio que los mismos que se jactan durante todo el año de promover campañas de ahorro energético, den desde noviembre lecciones de despilfarro social con millones de bombillas perfumando el hedor a crisis que tanto ayer nos acuciaba (el ayuntamiento de Madrid, por ejemplo, se ha gastado este año 3,5 millones de euros, "sólo" un millón de euros más que el año pasado, en un alumbrado que emitirá 3000 toneladas de C02 a nuestra herida atmósfera, un nuevo lujo para un país que ya es líder en incumplir el protocolo de Kioto). Odio el colapso de líneas de teléfono la víspera del año nuevo para demostrarnos de modo lamentable que nos importamos, prefiero un te quiero inoportuno en una tarde cualquiera. Odio los putos villancicos que ensalzan la grandeza de un salvador que prometió venir a verme, odio los portales de Belén que caducan cuando crece el niño, odio la lotería por rescatar la esencia del corazón navideño que nos empuja a querer salir cuanto antes de éste maldito protocolo de la mano de un boleto, odio que pronto comiencen las fiestas en Agosto y me cuelguen una guirnalda de la toalla, odio que las empresas nos traten como a títeres invirtiendo un gran presupuesto en publicidad para recordarnos nuestro papel de consumidores sin criterio.
Odio que sean tan cínicos como para empapar éstas fechas de sentimientos entrañables en defensa de valores familiares y de elogio de la solidaridad con el único propósito de llenarse los bolsillos, odio que los borregos se aglutinen con los belfos rebosantes de uvas frente a un campanario, odio que hasta la gente de a pie se lucre (a río revuelto, ganancia de pescadores) del negocio con carísimos cotillones de etiqueta en los que no me dejan meter el piercing, odio que su actual modelo de consumo (del cual todos somos los únicos responsables de principio a fin) incremente el número de personas desnutridas en cuatro millones, mientras en estas fechas se tiran hasta un 40% de los alimentos producidos, debido a descartes por exigencias estéticas del mercado, los fallos en la distribución de tan grandes volúmenes, etcétera. Odio a quien puso precio y fecha cada 6 de Enero a la hipocresía de obligarnos a regalar materialismo a quienes comparten nuestros días, pudiendo mostrarles nuestra honra con un detalle sincero y entrañable cualquiera de los 364 días restantes. Odio que nadie en éste mundo se replantee acotar el periodo navideño a la mera navidad de nuestros ancestros, desde Nochebuena a Reyes, como ocurrió toda la vida hasta la llegada de El Corte Inglés, lo cual supondría paliar en más de la mitad todo este derroche.
El espíritu de la navidad tiene resaca desde que una mañana me levanté con cara de candidato a rey mago.