RÁFAGA DIURNA

"Uno está enamorado cuando se da cuenta de que otra persona es única".

Jorge Luis Borges (1899-1986) Escritor argentino.

lunes, 22 de abril de 2013

TENERNOS


"Todo lo que sabemos del amor es que el amor es todo lo que hay".

Emily Dickinson (1830-1886) Poetisa estadounidense.


Lo bueno de tenernos es conservar la certeza de poder derrotar cada derrota en los brazos del otro, porque el mundo cabe en nuestros labios, porque encaja entero en nuestro abrazo.

Lo mejor de querernos es sabernos uno, en cada estación de partida y al regreso de todo. Uno en el camino por andar, en el destino por rehusar... Uno en el mar de los caídos. Porque todo cede ante el huracán de vida que arrasan los años, todo menos tú. Todo menos ese universo que construimos con el polvo de las estrellas que se fueron descolgando del techo del mundo... Todo, apenas este yo que ahora soy cosido aquí a tu sombra.

Alzar de nuevo el vuelo, desde el vacío de esta lágrima hasta ti, ese es el milagro que nos ancla al suelo y nos hace grandes. Gigantes devorando tempestades a cada azote de tiempo. Porque siempre nos queda la madrugada para sentirnos vivos en manos del otro; la piel de los sueños para soñarnos de nuevo, para reinventarnos una vez más. El amor nos galopa las venas y un relámpago de esperanza se abre paso de nuevo hasta colarse al fondo de nuestras pupilas, justo al lado del algodón que le arrancamos anoche a las nubes. Porque somos amanecer en la desventura del otro, luz que renace para atar el porvenir a las alas de las mariposas que revolotean bajo nuestro ombligo.

Lo bueno de tenernos es reirnos del espejo, desvestirnos la locura de sabernos rescatados. Porque ser feliz no es cuestión de amar sin más; hay que olvidarse de uno para ser el otro. Por eso me salvas, por eso te libero... Por eso la esperanza nunca desespera en nuestra mirada.

jueves, 18 de abril de 2013

EL GUARDIÁN DE LAS PALABRAS



"Un poeta es un mundo encerrado en un hombre".

Víctor Hugo (1802-1885) Novelista francés.

El rimador de momentos nace libre. Crece y muere soberano en su reino de voces; internas, calladas y voraces allá en lo más hondo de su ser.

Lo sé porque la boca que escupe primaveras, que no miente más verdades que las suyas sabe bien de los encantos; de la vida y de ese amor que puebla al mundo de besos. Besos de melocotón capaces de colorear los labios más tristes, como el niño solitario que acurruca caramelos al cobijo de sus manos. Porque son las palabras arrugas en la frente de un dios justo, altivo y poderoso como el peso de los años y su lenguaje de siglos.

Un poema derriba los pilares del tiempo y se hace eterno en los ojos de cualquiera que lo quiera acariciar; que quiera mimar su locura hasta dejarse tejer en su manto de letras. Lo sé porque lo vi volar alto, más allá de la razón que aprisiona al mensajero. Como si todo cobrase sentido de un modo paralelo desde el balcón de su universo. Un poema cabalga soledades, remuerde nostalgias y sonríe, a veces le sonríe al mendigo que encierra todas las musas del mundo en un hueco del pecho.

El guardián de las palabras sabe bien de lo que otorga, de lo que cede al corazón que lo acorrala. Porque guarda en sí las astillas de mil noches quebrantadas, de virutas que lo fraguan, de otra luna fatigada descolgándose del techo del cielo. Lo sé porque aprendí de él a desnudar al viento, a ver en lo imposible el refugio del cobarde... A hacer del paso camino, y del camino un verso.

El poeta es la quietud de su pluma deslenguada, un océano de versos que llevarse a otra boca. Lo sé porque cada poema es una lágrima del alma, un sueño vertido allá en lo inmenso de la vida. Poeta... Un poeta es ese grito que vacía las palabras.


(A mi primo Jose Manuel Díez. Quijote y guardián de la locura más ordinaria)




martes, 16 de abril de 2013

APRENDICES


"La juventud es una enfermedad que se cura con los años".

George Bernard Shaw (1856-1950) Escritor irlandés.


No saber amar es el modo más sincero de quererse, por eso éramos capaces de volar tan alto... Tan alto como hubieras pedido.

Porque ensuciábamos los labios sin remiendos, relucientes como aquel amanecer recién pintado en que salíamos de clase presurosos por tocarnos, por comernos a mentiras mientras todo andaba quieto, perfecto e intacto a la crueldad de este mundo venidero. Por eso herías tanto, de un modo tan distinto, tan irrepetible a los ojos del universo. Porque no había sospecha de dolor, de vacío al que derrumbarse en tus manos de princesa.

Y bebías de aquella fuente haciendo del viento arte entre tu pelo mientras yo me hacía pedazos, porque no podía parar de quererte un solo segundo; algo instintivo... Inenarrable al latido de cualquiera. Porque aprendíamos todo, más allá de la muerte mientras un cuaderno ajado se nos iba inundando de promesas y llovía... Llovía y eras tan terriblemente bella siempre tú, irrompible como aquellos días que nos guarecían del mañana mientras otra carta se colaba en tu buzón con el remite solitario. Con aquel perfume a septiembre en carne viva, un par de corazones de charol y plastilina jugaban a desvivirse el uno por el otro, con la inocencia suspendida en otro cigarrillo que escupirnos a la boca.

Con el pecho de puntillas navegando en tu mirada, así te quise. Con el corazón centelleante implorándote que lo robaras para siempre... que lo matases aquel instante en que te tuve tan mía que te hice eterna. Un par de amantes puros, excesivos e innatos al deber de devorarse en cada esquina, en cada vena que galopa hacia el amor más delirante, eso fuimos. Dioses tan gigantes como el cielo más azul que arrebatársele puede a este mundo. Meros aprendices de un amor resplandeciente, ese que sólo pudo amarse entonces, antes de que nos raspáramos los codos en los bares y el incendio arrasara tus colores.


Porque sólo nace allí, en las cunetas de mi barrio, en la verja de aquel colegio nuestro a la sombra de esos ojos tuyos que ya siempre serán los míos.