RÁFAGA DIURNA

"Uno está enamorado cuando se da cuenta de que otra persona es única".

Jorge Luis Borges (1899-1986) Escritor argentino.

lunes, 30 de mayo de 2011

LA PIEL DEL AGUA


"Era inevitable: el olor de las almendras amargas le recordaba siempre el destino de los amores contrariados".

Gabriel García Márquez. Escritor colombiano.


Salir de ti no fue sino cuestión de hazaña. Una proeza inusitada para con uno mismo en la que vencerse ciego, con la libre voluntad de ajusticiarme los halagos, cada estrella descolgada para devolverte la niñez... Como rasgar la piel del agua resignado a aguardar que se uniforme el surco, a contemplar cómo aciagas se nivelan sus estelas hasta olvidar mi huella, amontonada en el acopio de horas vividas a tu lado.

Salir no fue distinto a otra manera de hallarme, de gestar otras doncellas, de romperme hasta volver a mí. Apenas me hizo falta la luna para rebrotar, no más que despoblar el universo y volver a llenarlo de cometas... Pero esta mañana, mientras acomodaba el sueño a un tazón de desayuno abrí el cajón y descubrí tu perfume. Te lo habías dejado en una arruga, justo en ese punto en que te ceñías el cielo al talle.

Con la urgencia de arrinconarte al pasado, de negarte en mí hasta desconocerme había olvidado tu olor, y la tristeza... La tristeza fue danzándome el corazón hasta dudarte la ausencia. Temiéndome en la ternura fusilada, como si evocar no fuera aún cuestión de vida o muerte, acerqué tu esencia y fue como tenerte al lado, como sentir la nostalgia de mi sombra y su gloria en las costillas. Tanto que palpé los proyectos en la cortina, el deseo impregnando las paredes mientras se pausaba la vida, tu boca en el espejo... Tu boca en el espejo.

Salir de ti no fue sino un milagro, volver... Volver sería demasiado fácil .

martes, 10 de mayo de 2011

EL VACÍO DE UN MILAGRO


"El amor nunca tiene razones, y la falta del amor tampoco. Todo son milagros".

Eugene O´Neill (1888-1953) Dramaturgo estadounidense.


Ella lo cazó en el viento, una mañana de sábado como otra cualquiera. Una de esas en las que la regularidad del beso se instala en una esquina cualquiera del alma, apenas a la derecha de un corazón que va ahuecándola hasta confundir rutina y anhelo en su desalojo.

Miraba hacia el futuro desde los ojos de su sombra cuando lo supo, como desanida una golondrina rumbo al sur, inconsciente al pálpito de marchar, férrea en su proceder. Con el cariño intacto lo advirtió en un abrazo cualquiera bajo la lluvia, por captar el asombro del parque que de nuevo la envidiaba en otros brazos, por el deseo esponjoso en las manos que se escurría aquella noche cualquiera, en que pecar no habría sido cuestión de un par de cuerpos que chocaran sin más.

Lo amaba dentro, como se ama la vida sin requerir por qué, como le dictaba esa huella de los años invertidos a su relación cualquiera un punto de no retorno. Lo amaba tanto como para seguir andando, para soportar cien primaveras que brotaran en el pecho de cualquiera que no fuera ella, caminando otra mañana hasta la noche venidera en que saberse de nuevo justa, dichosa en la uniformidad del árbol que crece hasta morir, distante de todo lo demás.

Con el aprobado raso en los colmillos vaciaba de milagro el verbo amar, como siempre, a la vuelta del prodigio de sentirse libre por segundos en el verso del amante. Con la convicción del que comparte labios por besar, la carne por urgir, un mundo por respirar... Lo amaría para siempre porque sí, con la sencillez del que ignora saber del universo en otra piel, de mentirse al afán de lanzarse a morir, sorteando la maravilla acechante... Eludiendo querer quererse algo más lo amaba, en un sueño cualquiera, al espanto de un asombro que pudiera quebrantarla; fisurarla en la fragilidad del riesgo de ser feliz para siempre.

miércoles, 4 de mayo de 2011

LA IMPRUDENCIA DEL SUICIDIO

"El amor no tiene cura, pero es la medicina para todos los males".

Leonard Cohen


Ella debe desterrar la tenacidad del latido, ese irrazonable modo de caminar tras de sí, como si acaso fuera otra persona quien habitara su vida mientras se sienta a esperar su propia llegada. Como siempre, con esa demencia feliz de destinarse a adorarle sin motivo alguno, con la sóla razón de seguir viva por saber que sigue ahí.

Ella tiene que huir de su boca, tan profunda que devora todo su universo. Y debe hacerlo ya, con la premura de quien palpa un incendio en el alma, por eso lo persigue incansable, inagotable en su empeño de ruina moral. Ella debe corresponderse consigo, olvidarlo por siempre jamás para verse al fin en el espejo, recordar su existencia cuando sueñe con flores y amanezca yerma, arrasada de sí tras el velo pintado. Por eso rastrea su aliento en la imprudencia del suicidio, venerando impasible el desdén con que la olvida, ese firme desafecto con que obsequia sus migajas.

Porque no puede quererlo más que a su vida se aferra a él, con la perseverancia que otorga el dulzor del desatino, del amante temerario que no entiende de opiniones. Por eso aquel absurdo le estalla una sonrisa, como si cazara mariposas en el abismo que él siempre dista a su presencia. Porque le duele en el costado ese botón arrinconado al abandono de un suspiro lo necesita, tanto como nadie jamás supo.

Y en la neutralidad de un roce de piel vacío, impasible a un mañana siquiera cerca de ella y sus encantos, piensa en su voz domando versos; piropos que flotaran de esa lengua callada, indolente al disparate en que lo anhela cada instante. Por eso terca lo acecha en velero, desde el confín de los mares, capeando la tibieza que el naufragar dispensa.

Es tan corta la vida que un por qué no vale nada cuando uno ya no puede alejarse de unos ojos ajenos. Por eso lo busca en cada surco de aire, con la fe impoluta, inquebrantable ya de tanta entrega, de tanto doblegar su suerte. Por el despropósito que cede la sensatez al desvarío lo necesita, desde que le deliró el primer detalle... Esa simple mirada en que embarcarse de por vida.